Mundos paralelos

Soy un tipo con mucha suerte: adoro mi trabajo y soy feliz compartiendo lo poco que haya podido aprender a lo largo de mi vida. Estos últimos días he estado trabajando en mundos completamente distintos, al menos en apariencia. Por un lado he vuelto al rodaje de Cuéntame cómo pasó con mi malvado inspector Bretón, cosa que siempre me proporciona una enorme alegría. Por otro lado he impartido un Seminario Taller en la prestigiosa asociación APD, en Madrid. Ha sido una experiencia fabulosa para mí y, por lo que indican las evaluaciones de los asistentes, también ha sido para ellos algo enriquecedor, útil y valioso, por lo que estoy sinceramente agradecido y trabajo ya para mejorar cada detalle. Puede parecer sorprendente comprobar cuánto llegamos a parecernos un ejecutivo del mundo de la empresa -un CEO, por ejemplo-  y un actor pero es que, en realidad, ambos partimos de situaciones casi idénticas y con idénticas necesidades y objetivos. Un alto ejecutivo también es depositario de un discurso determinado que ha de hacer llegar, formalmente, a un público, con nitidez, solvencia, aplomo y sinceridad; ha de ser creíble, en suma.

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                                                  Con Pablo Rivero. Rodaje Cuéntame…

Un ejecutivo, al igual que un actor, puede alterarse ante una intervención y, producto de su inseguridad, construir una apariencia de personaje que le aleja del público, pues no entra en el terreno real de la escena; aquel en el que no puede entrar una falsa imagen, una suplantación de uno mismo, producto de las defensas que hemos levantado para ocultar nuestra inseguridad, o incluso nuestro miedo. Quiero decir con esto que la mayor parte de los errores que cometemos, como actores, o portavoces corporativos, son producto de <<no estar ahí>> y, como consecuencia de ello, no es nuestra voz, nuestro gesto, nuestra intención, lo que se hace presente. Comunicar con la audiencia se convierte, entonces, en una aventura imposible porque hemos abandonado, hemos decidido, previamente, no asistir de verdad al encuentro y hemos enviado otra cosa, una especie de fotocopia que no tiene la materia, dimensión, densidad, color y, mucho menos, el espíritu de un ser humano.

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                                                     Metido en faena, en APD Madrid

Todos necesitamos de quien nos transmite algo que se persone, por más que la frase resulte una obviedad. Necesitamos que se implique, que nos llegue claramente el mensaje  de que nos tiene en cuenta y que le importamos. Le comentaba, al hilo de este argumento, a un alto directivo, a quien estaba haciendo una evaluación para mejorar sus condiciones de comunicación, que no actuara, que no hablara, como un Consejero Delegado sino como una persona que desempeñaba el cargo de Consejero Delegado y que se estaba dirigiendo, a su vez, a otras personas que estaban allí para escuchar sus palabras. Esto, con los matices relativos a la convención aceptada por todas las partes, en el acto teatral, es exactamente igual para los actores. Por más que representemos un determinado personaje <<no podemos no estar presentes>> y escondernos en un falso disfraz que sólo puede lograr un artificio ajeno a la verdadera naturaleza del personaje, pues éste requiere ser, como en el caso del ejecutivo, <<encarnado>>. Solo a partir de ese hecho y con el suficiente trabajo es posible una verdadera comunicación.

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                                                             Foto finish APD Madrid

¿Facilísimo… o imposible?

La sonrisa de incredulidad de quienes me escuchan decir que este trabajo es agotador es inequívoca, por más que su actitud sea, de corazón, respetuosa conmigo. Tiene toda la lógica y yo sonrío, a mi vez, porque es la reacción habitual. Este trabajo, el entrenamiento necesario para su ejercicio, requiere una entrega absoluta, tanto física, como emocional, o como intelectualmente y exige una ausencia total de defensas y una renuncia a líneas rojas no traspasables. Es, pues, una actividad que no se puede realizar sin una alta dosis de generosidad y de coraje aunque, todo eso, es algo que debe quedar oculto a los ojos del espectador para que pueda sumergirse en el universo que les sugerimos sin ver la trama o la dificultad que encierra. Lo contrario sería romper el delicado velo de la ilusión, lo que hace posible olvidar que estamos en un teatro (o un cine).

Viene esto a colación del tipo de trabajo que realizo, ocasionalmente, con personas no pertenecientes al ámbito profesional de la escena. Adelanto aquí que, a diferencia del Coaching conocido en ámbitos empresariales habitualmente yo no trabajo contenidos sino que me centro en cómo comunicarlos -verbal y gestualmente- con solvencia y credibilidad; no escribo discursos, no le digo a la persona a quien entreno en qué otra actividad sacaría más partido a sus aptitudes, ni qué debe hacer con su vida. El tipo de trabajo que yo hago es más como contratar los servicios de un Coach, un entrenador especializado y personal, para preparar un personaje, o para mejorar tus aptitudes.

Cuando empezamos a tomar conciencia de lo que hacemos -y de lo que debemos mejorar- entramos en un proceso de disección crítica de nuestra totalidad como comunicadores ante el público; realizamos una suerte de tomografía de nuestra gestualidad, nuestra oralidad, de la intención y dirección mental de lo que decimos y hacemos, de la cantidad de energía puntual en cada detalle, etcétera… y esto resulta agotador. <<Nunca imaginé que esto fuera tan difícil>>, suelen decirme, con expresión de incredulidad y un perlado de sudor en su frente, y tienen razón: nadie cree que esto sea tan difícil, visto desde fuera. La cantidad de energía física y mental que se ha de poner en disposición de uso y la focalización de esta deja sin fuerzas al más pintado. Y estamos hablando sólo de cómo colocar las cosas en su sitio, para que sea coherente y comprensible lo que hacemos, nada más. Otra cosa ya es la magia que subyuga al espectador y le lleva a un estado de verdadera emoción; un lugar de reconocimiento de si mismo y de los demás. Sólo con  trabajo y entrenamiento -amén de las condiciones naturales que se posean-  quienes se suben a un escenario o desarrollan su actividad ante un público, sea este del tipo que fuere, pueden acercarse a ese ideal de conexión.

Mi amigo y compañero Cesáreo Estébanez, un actor de carácter estupendo, dice, referido a esto de interpretar: <<Mira niño: esto es facilísimo o imposible>> y no le falta razón. Hay quienes, haciendo todo según el manual, no consiguen interesar y hay quienes, naturalmente, establecen la conexión, aunque luego,  por falta de conocimiento, o de trabajo, puedan echar a perder sus cualidades naturales. Yo sólo añadiría a esta observación de Cesáreo un matiz y es que deberíamos traducir su facilísimo por un <<difícil… pero alcanzable>>. Quien quiera experimentar una sesión de sólo cuatro horas de este trabajo  podrá comprobar lo que  digo. Tomo, ahora, licencia de cambio, en palabras y <<concetos>>, de un  famoso soneto de Lope de Vega:  Esto es <<dolor>>, quien lo probó lo sabe.  

Dicho sea con su correspondiente <<ida y vuelta>>, como los cantes.

IMG_3609Foto: Jesús Vallinas. La Hoguera. Pedro Mari Sánchez©

 

Sobreactuar: así en la vida como en la escena

Se acuerdan, ¿verdad? Fernando Fernán Gómez decía aquello de <<Señoriiiitooo>>, con tal exageración y artificio que exasperaba al director de la película; aquella cuyo rodaje salía dentro de su propia película como director, El viaje a ninguna parte, y que resultaba una de sus secuencias más desternillantes. Fernán Gómez ponía de esta manera su mirada crítica acerca de la manera rancia y artificial de interpretar de algunos cómicos en una época de penurias e ignorancia. Y es que eso de sobreactuar es precisamente eso: estar por encima de frecuencia respecto a lo que ocurre en una situación determinada y comportarse de forma exagerada y sin medida. Más aún: es hacerlo desde fuera, sin la menor interiorización o implicación, <<haciendo como que se hace>> y todo ello con un ojo puesto en el espectador para comprobar si ha surtido el efecto deseado.

Existe también lo que yo llamo <<infraactuación>>, como su opuesta, claro, es decir: aquella que no está nunca a la necesaria temperatura de la situación planteada, mostrando un aburridísimo gráfico de encefalograma plano en el que parece ser lo mismo angustiarse por la mala marcha del matrimonio que decirle a alguien que abra la caja fuerte con discreción porque <<esto es un atraco>>: todo suena igual y se acomete con la misma expresión indefinible de ¿qué carajo estará pensando el intérprete? Aunque me voy a centrar en la sobreactuación.

Por supuesto, aclaro, que nada tiene que ver el sobreactuar con la justa aplicación del histrionismo, cuando situación y estilo así lo demandan, y cuyo ejercicio requiere talento y valentía en igual medida, además de una <<mesura en la desmesura>> de arriesgado y difícil dominio. He visto buenas actuaciones, momentos brillantes, que han acabado deformando la virtud, en brazos de Narciso, con el consiguiente hartazgo de los pacientes corderos que, sin embargo y sorpresivamente, han prorrumpido en aplausos, al final, para confusión de un servidor de ustedes.

El viaje...

El viaje a ninguna parte

¿Por qué la sobreactuación no tiene su justa muestra reprobatoria? Quizás tenemos vergüenza. Quizás no tenemos claro si hemos desarrollado un criterio sobre el asunto y nos da vergüenza. Quizás, en el fondo, nos gusta y nos parece lo suyo, y nos da vergüenza mostrarnos contrarios a lo que de verdad nos gusta y por eso lo aplaudimos. Si no es así no entiendo yo mucho todo el sarao sobreactuado, el ruido, en fin, que se practica en este escenario ibérico de nuestra vida. Hasta lo más nimio pone sobre la mesa el alfa y el omega, ya sea en el plano político, económico, familiar, tertuliano, deportivo, o circulatorio; es un aburrimiento y un riesgo, oiga, que por menos de media coma te ponen mirando para Tordesillas en cualquier semáforo, o twitter, o lo que se elija. Todo es <<terrible, escandaloso e intolerable>> y provoca un estresazo que nos tiene en un sin vivir.

La sobreactuación lo jode todo; te pone los nervios a cien mil, la tensión a doscientos mil, y capacidad de pensar a menos trescientos mil. Y lo peor es que uno puede acostumbrarse a cualquier cosa. Lo describía con lucidez el Señor de la Montaña -Michel de Montaigne, le dicen en Francia- en sus Ensayos: <<Lo que no logra la filosofía en mil años lo logra la costumbre>>. Por eso es tan importante no establecer la exageración como forma de actuar, porque uno se acostumbra a todo y si añadimos que somos una sociedad reactiva al hecho de ver con naturalidad que el grito se utilice de forma habitual para hablarnos, la cosa tiene su miga. El detalle, siendo, como es, algo fundamental de la realidad de las cosas, ha desaparecido. Nos escandalizamos tanto y por tan todo, permítanme el <<barbarismo>>, que metemos en el mismo cazo aquello que, de verdad, debería escandalizarnos y lo que, más allá de la zafiedad de los actos y los actores que los perpetren, resulta completamente irrelevante para la vida, en general, y para la propia, en particular.

Entiendo, con todo respeto, que debemos serenarnos y empezar a actuar acorde a <<las circunstancias dadas>>, como dicen los seguidores de Stanislavski. La vida en los escenarios no es cosa muy distinta a la que transcurre en los escenarios de la vida. Hay que estar a la altura, sí, de este latrocinio de haber condenado a la pobreza y la desesperación a millones de españoles y debemos comprender, con urgencia, que sólo la educación nos dará un posible de vida, digna y autosuficiente, como país y como ciudadanos. Hay que actuar con determinación, sin miedo y, como el buen intérprete, dejando salir la cantidad justa de llama, de energía, en cada momento; todo lo demás es sobreactuación y ruido. O <<infraactuación>> y tedio.

¿No es ya tiempo de aprender a hablar?

Parece que la cosa empieza a ser preocupante a tenor de los estudios que grandes empresas han realizado y hay que ponerse manos a la obra. Por lo visto aquellos que se gradúan no saben expresarse bien en voz alta. No saben hablar, vaya; su limitación oral es de tal magnitud que son incapaces de explicar un proyecto, un plan de trabajo, una idea luminosa que han tenido, perdiendo la oportunidad de que otros conozcan tales ideas, colaboren en ellas, o las financien. He leído recientemente en un artículo que publica un diario de importancia unas recetas para hablar bien en público (no sé por qué ese afán de ofrecer soluciones express para el lector) y, con toda humildad, he de decir que ninguna de ellas se mencionaba la que hace posible que ocurra eso de hablar bien. Se habla, eso sí, de la duración de un discurso, de la intensidad del mismo, de la claridad de ideas y de otros aspectos; todos ellos muy importantes a la hora de establecer una estrategia de comunicación pero absolutamente insuficientes si no se sabe hablar bien. ¿Y qué es hablar bien? Pues la cosa trata de hacer que las palabras que salen de nuestra boca puedan ser comprendidas porque se articulan de manera inteligible y que ese sonido tenga la coherencia sonora que requiere el significado de las oraciones que conforman nuestro mensaje, sea este cual fuere. En el tiempo de las recetas express,  de las frases electrizantes, de las ideas destellantes, surgidas a la velocidad del rayo -precisamente- hemos de reparar en lo esencial. Esto es algo mucho más troncal que identificar los puntos a destacar de un determinado discurso, la pasión con que se expone, si movemos o no movemos las manos. Es más humilde, si se quiere y, sin embargo, es insustituible. Para  acceder al mundo de la oratoria hay que saber hablar; tanto quien enseña como quien accede a tomar clases en tal materia. Hay un paso previo, de tal importancia, que sin haberlo dado todas las apreciaciones sobre cómo expresarse en voz alta, estudiar sus métodos, sin aprender a afinar. Y no hablo de colocar la voz, sino de estudiar ese idioma paralelo que es la sonoridad de cualquier lengua, sin la cual, ésta, resulta un mapa incompleto. Nadie imagina una creación musical, estudiada al milímetro en su composición para emocionar y transmitir mensajes y sensaciones extraordinarias, desarrolladas en una secuencia ideal, variada, sugerente… interpretada por músicos que no saben tocar su instrumento y que desafinan como verracos… Pues eso.

La profesión va por dentro

Verán: esta es una cuestión sencilla y compleja. Un actor es una paradoja puesta en un escenario o delante de una cámara. ¿Recuerdan aquel personaje de cómic, El fantasma, o Duende que camina, como le llamaban los indígenas? Bueno, pues algo así: Paradoja que camina diría yo referido a un actor. En esta profesión las contradicciones forman parte consustancial de todo lo que atañe a ella; desde el propio proceso de indagación hasta la forma en que articula sus relaciones artístico-laborales con el mercado artístico-empresarial. Ya ven que lo de la paradoja no es una exageración.

Para hacer un trabajo que merezca la pena compartir con un espectador hay que hacerlo con verdad aunque partiendo de una mentira esencial que es la representación de algo que está en la imaginación y no es la verdad misma. Hace unos días pude ver una clase magistral de Peter Brook cuyo enlace tuiteó nuestro gran Montxo Armendáriz. En ella proponía a los actores cruzar el espacio de trabajo sobre una supuesta cuerda floja; un ejercicio de imaginación, esencial, lleno de sentido metafórico y con una complejidad de realización que puede sorprender al más avezado de los especialistas en ejercicios de entrenamiento actoral. Ese trabajo consiste en algo totalmente imaginario, que se ha de visualizar interiormente por quien hace el ejercicio, pero que debe ser totalmente real, tangible, para el observador.

La cuestión era que se tendía a hacer cabriolas que, de hacerse realmente sobre una cuerda, darían con los huesos del ejecutante en el suelo a lo que el señor Brook apuntaba: <<Debe ser completamente lógico; sea usted lógico, intente arrodillarse de nuevo sobre la cuerda y observe si puede ignorar la inestabilidad de sus pies, rodilla, abdomen… no se limite a mover los brazos para dar impresión de guardar el equilibrio. Desde esa posición usted caería. Construya cómo sube de nuevo a la cuerda y continúe>>.

 Este ejercicio me trae a la memoria un libro que resulta excepcional para aquel actor que quiera adentrarse en lo verdadero e insustituible de esta profesión, El funambulista, de Jean Genet, que viene a ser un tratado filosófico de compromiso y honradez con aquello que, como ser humano, haces en cualquier momento de tu vida, aunque también es oro para cualquier presidente de gobierno; yo recomiendo vivamente su lectura a unos y a otros en beneficio de todos. Volviendo a lo de hacer creíble algo que el intérprete ha de crear interiormente pero que ha de construir exteriormente, dado que el espectador no leerá su pensamiento, lo de <<sea usted lógico>>, que apuntaba el señor Brook, es algo que resulta difícil encontrar, pues se da muy por hecho que la mera comprensión del asunto lo resuelve.

Un pensamiento, una emoción, por mucho que deba generarse interiormente, si no se traduce a un lenguaje externo <<lógico>> no llegará al espectador, o llegará distorsionado, o sólo en parte. A veces, en esta profesión, se nos pide a los actores que demos una apariencia de verdad a una propuesta de verdad que no es lógica; algunas veces, también, esta profesión nos exige mostrarnos, como trabajadores que somos, divertidos y pacientes ante situaciones que son poco divertidas o, incluso, <<insobrellevables>> según expresión de mi personaje, Curro Donaire, en la Carmen Carmen que escribió mi querido y admirado Antonio Gala.

Paradojas. Nos pasamos la vida haciendo cursos en los que nos enseñan a evitar a toda costa dar un resultado antes de haber exprimido no sé cuántos horizontes, buscando desde dentro una verdad que ha de hallarse tras muchas indagaciones y la dinámica laboral, cada vez con más frecuencia, nos exige justo lo contrario.

Maravillosa profesión, es cierto, aunque cada rosa tiene su espina y, permítanme decirlo, entre las dificultades propias de este oficio un tanto absurdo -algunas de las cuales he expuesto anteriormente- y las cargas impositivas y persecuciones que, para más inri, nos colocan desde arriba, sería bastante apropiado afirmar que, en este país, <<la profesión va por dentro>>.

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De clases, libros y escenas

En tan solo unas pocas horas -un corto viaje- puede concentrarse tanto, tanta vida y tan variadas emociones, que te dejan alimentado para una temporada. Llegué el día 10 de este mes de diciembre a Barcelona donde me esperada Jannick Niort, fundadora de Psico-Art Catalunya y colaboradora de numerosas instituciones, como el INEF, para llevarme a la Fundació Universitària del Bages, en Manresa, donde imparte clases semanalmente, invitado para dar una Masterclass a sus alumnos de 3º de Educación Infantil.  La oralidad tiene una gran importancia en la vida de todos nosotros y tengo la fortuna de que personas como Jannick Niort  -como también Javier Obregón en la Universidad de La Laguna y la Universidad Europea de Canarias, o José Ignacio Ruiz Rodríguez, de la Universidad Alcalá de Henares, Universidad Libre de Infantes, por ejemplo- sean sensibles a esta inquietud mía de divulgación de este tema que, por transitado de manera automática, es desconocido o casi desconocido. Fue divertido, enriquecedor, muy gratificante y los más de 60 asistentes se mostraron generosos y receptivos. Le estoy muy agradecido a Jannick, una persona de empuje, espíritu y dedicación encomiables, por ofrecerme esta oportunidad de introducir en el ámbito universitario esta materia que, desde años, estoy investigando, cuyo método, que ha sido la consecuencia de mis más de 50 años de experiencia profesional con muchos de los grandes de nuestra cultura, quedará reflejado en un libro que estoy terminando de componer. Estoy decidido a insistir lo necesario para que forme parte esencial de la educación primaria y que no se abandone al llegar a la universidad.

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Al terminar y sin perder un minuto cogimos el tren para asistir en el Teatre Lliure a la presentación de un libro sobre la figura inmensa de Anna Lizaran, la gran dama del teatro catalán, un talento gigantesco; entrañable compañera a la que tuve el honor de dirigir en El cántaro roto, obra exquisita de Kleist con versión, también exquisita, de Susana Cantero. Fue un momento de emoción sincera y gran devoción por alguien de tan singular elegancia interpretativa y que deja, para siempre, todas las escenas con su luz inextinguible. Lluis Pasqual, Josep María Flotats, Gloria Casanova, Manuel Veiga, Abel Folk… muchos reencuentros en la noche de Barcelona. También Ros Ribas, el mago de la fotografía teatral,  cuyas imágenes dotan al libro de esa vida que sólo él sabe robar -en el mismo escenario, pegado a los intérpretes como una segunda piel, transparente, permeable, invisible- y muchos, muchos más.

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La noche terminó con algo difícilmente olvidable. Se estrenaba Le voci di dentro, un texto de Eduardo de Filippo, con puesta en escena de Toni Servillo. De Filippo es una suerte para el teatro. Su obra posee la sencillez de quien no se considera más que un amante del teatro, de su pueblo -del que forma y se siente parte- y la hondura insondable de los verdaderamente grandes, su atemporalidad, su discurso no evidente. Muestra vidas cotidianas, historias locales y retrata el comportamiento humano de manera universal con una inteligencia que no exhibe, con un humor delicadísimo. Servillo -un hombre sencillo, humilde amante de este oficio, también, como De Filippo- ha montado esta función de manera adecuadísima a la grandeza del texto y su deslumbrante actuación -es también el protagonista- nos dejó profundamente impresionados, agradecidos, por tanta generosidad y justeza en lo que nos ofrecieron él y toda la compañía, en la que también brilla de forma especial su hermano, Peppe.  Pienso ahora, como lo pensaba durante la representación, en lo preciso y precioso del tono de voz y la forma de articular las palabras. Todo estaba dicho con <<dirección>>, a alguien en concreto, y ajustado a la distancia y momento dramático. Nada estaba dicho de manera destemplada; eso y no el volumen es lo que hace que llegue al espectador de forma creíble lo que decimos sobre un escenario. Una joya y un rato de los buenos, de verdad. Barcelona fue ciudad de las luces esa noche.

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De cocineros y actores

 Pila de platos

Hace unas semanas viendo un conocido programa de televisión que tiene en la cocina su razón de ser, experimenté un profundo desasosiego que me obligó a apagar abruptamente la tele y ponerme a pasear, de arriba abajo, por la casa. Calenté agua para prepararme un té a pesar de lo tarde que era y sin reparar en que ello me dejaría como un búho toda la noche. Nunca pensé que un programa de cocina pudiera influir en mi ánimo de forma tan poderosamente negativa (soy entusiasta, por ejemplo, del espíritu y forma de Un país para comérselo y sigo algunos más) hasta que, de repente, comprendí la causa de mi malestar: todo concluía en una manera envenenada de entender la vida y que se manifiesta en distintos ámbitos de nuestro día a día con indeseables efectos. Como un disco duro atascado repetía una secuencia de pensamientos y me bloqueaba para empezar de nuevo.

 Tras un abrupto ‘reinicio’ pude ver, nuevamente, pero con más serenidad, lo que me había noqueado. En una fase del mencionado programa de cocina uno de los participantes ganaba la potestad de encargar a cada uno de los otros concursantes (pues un concurso es) la realización de un plato que previamente habían catado para desvelar, primero, y reproducir, después, sus componentes y sabores de la manera más ajustada posible. El asunto es que, desde ese lugar de privilegio, el susodicho participante endilgaba lo más jorobado a quienes creía sus mayores oponentes, para quitárselos de encima, aprovechando, incluso, la información que alguno de ellos le había facilitado sobre la composición del plato. No sólo eso: presumía de ello abiertamente, como si se tratara de un mérito. Pero, más aún, el programa se estructura, precisamente, con ese tipo de situaciones favoreciendo zancadillas y trampejas, amén de introducir elementos que poco tienen que ver, a mi humilde entender, con la cocina.

 ‘Ahora la estrategia empieza a pesar sobre otras cosas y ya no hay piedad ni amistad, ni lealtades, ni nada’, pude oír al conductor del programa. Dicho en otras palabras: ya no se trata de quién cocina mejor o aprende más y tiene mejor proyección, sino de quién sabe joder al contrario de forma más eficiente. Quienes defienden este tipo de formatos dicen que ‘es un programa de televisión, un concurso televisivo, y que quien no quiera presentarse es libre de no hacerlo. Debe primar el espectáculo.’ Y con ese argumento del espectáculo se zanja el asunto, sin posibilidad de contemplar matices o reflexionar sobre los más que posibles efectos secundarios, como dicen los prospectos farmacéuticos.

 Yo, que me dedico a esto del espectáculo desde que era un niño, entendí siempre esta profesión como parte de un mundo que se elevaba sobre la vulgaridad de nuestras costumbres, tan condicionadas por una penuria cultural y económica ancestrales; como un ejercicio vocacional, misterioso y emocionante, en el que la búsqueda de la excelencia era lo esencial. El camino de aprendizaje interior, los retos fundamentales con uno mismo: aprender a hablar, a moverse, a disociar movimiento y palabra, a reconocer estilos, aprender a ‘leer’ acertadamente un texto, a trabajar las emociones, los signos, etcétera, para ofrecer al público una pregunta –el arte siempre es una pregunta, en el fondo- el resultado cabal, honrado, de una indagación que adquiere su sentido cuando se comparte y que aspira a situarnos en lo mejor de cada uno de nosotros. Aunque lo contenga como parte del negocio –ya que no es el negocio en sí mismo- nada tiene que ver con ese otro concepto de espectáculo que se muestra en un medio tan poderoso e influyente como la televisión. Todo en la vida tiene sus contradicciones y defectos y mi profesión no es distinta a otras en ese sentido pero, así lo entiendo yo al menos, el argumento de hacer espectáculo no puede justificar el fomento de comportamientos intrínsecamente anti sociales y anti empáticos como medio para ganar un concurso del tipo que fuere.

Cuchillitos

 ¿No creen que todo está teñido de esa tan argumentada ‘estrategia’? ¿No se parecen demasiado los programas concurso de cocina con los de parejas en el paraíso, o las falsas casas habitadas, las islas famosiles, o poligoneras, y demás? ¿Y no se parecen, esencialmente, en la perversión de lo que, supuestamente, anuncian para potenciar y vender esa ‘estrategia’ que no es otra cosa que enseñar a engañar y traicionar al otro para convertirse en el mejor trepa de la temporada? ¿Qué estamos haciendo? ¿De qué nos escandalizamos ante las noticias de corrupción, violencia y otras delicatessen, si nuestro día a día es asistir, como participantes o espectadores, a la universidad del manejo‘Lo de ser corrupto es una opción personal’, dijo una representante pública hace unos días, como la cosa más normal, en medio de uno de esos infumables ‘castings políticos’ que se sacaron de la chistera hace poco. Pues muchas gracias. A ese punto de normalización de lo indeseable hemos llegado y nada está aislado de nada; en estos tiempos de la red deberíamos tenerlo claro.

 Hace muchos años, cuando leí en el, aquel entonces, periódico de referencia de la ‘intelligentsia’ de izquierdas de este país, que llegaba un programa revolucionario basado en un ‘experimento sociológico’ que consistía en encerrar a un número de personas en una falsa casa para que pudieran ser observados 24 horas al día en su natural intimidad, decidí no ver ni uno de esos programas porque entendía yo que hacer un espectáculo televisivo de un experimento sociológico conllevaba la perversión del experimento y del espectáculo. Es, si se me permite, como lo que separa a la parodia de la sátira; la primera exagera  y ridiculiza el comportamiento de alguien, sin provecho, mientras que la última ridiculiza un mal comportamiento, pero desde un espíritu crítico, con el objeto de obtener una mejora ética o moral. El fondo de la cuestión es que todo esto no es inocuo. Va instalando, año tras año, una manera de entender la vida y la convivencia como una suerte de juego en el que hay que destruir al otro.

 Respecto a esta profesión mía sigo apasionándome, eso desde luego, cada vez que tengo la enorme fortuna de colocarme ante una cámara, subir a un escenario, o crear un espectáculo, como el primer día -estoy volviendo a ser un niño como actor, tras muchos años en su busca y eso es un regalo que agradezco a la vida y me emociona vivirlo y compartirlo- pero creo que este mundillo está experimentando también una sensible influencia de la manida ‘estrategia’ y ha llegado a formar parte tan consustancial de la profesión que, sin ella, es prácticamente imposible no digo ya ganar el concurso, sino tan siquiera participar en él, al margen de las cualidades, trayectorias y potencias del aspirante.

 Un totum revolutum transversal esto de la estrategia, ¿no? Se usa, abusa y presume de ella en todos los ámbitos de la vida, pero detrás de ese escudo suele justificarse el acomodo de todo un ejército de bajezas, incompetencias y mentiras que no sé si queremos mirar, en realidad. La estrategia es necesaria en la vida pero no es más que un instrumento. No sustituye a la honradez, la virtud, el conocimiento; no sustituye a la solidaridad ni al altruismo.

 Podríamos empezar por entender la vida como un prodigio y no como un negocio. Aunque los negocios formen parte de la vida no son la vida misma, esa es la cuestión. Estamos aún a tiempo de todo: de lo bueno, o así, y de lo malo, o asá. Los ciclos continuarán y volverán las oportunidades, como las oscuras golondrinas.

 ¿Aprenderemos alguna vez a decir bien esos versos?

Bodegón de maderas

 

Ante el espejo dorado

A raíz de la muerte de Robin Williams, un actor súper dotado, me vino a la cabeza algo en lo que pienso desde hace mucho tiempo, y que veo repetido, de tanto en tanto, en los cines, teatros y televisiones varias. Eso además del dolor que, a tanta distancia, me produce corroborar que la Meca del Cine es una dura madrastra que arrastra a tantos a la desolación y al abandono de la propia vida.

Robin Williams, actor súper dotado, como digo, tenía su mayor acierto como intérprete – a mi humilde entender- cuando no mostraba, o no le invitaban a mostrar, todo lo que era capaz hacer como actor; entonces era profundo y emocionante. Esto me lleva a otra cosa más cercana; así, nuestra, digo.

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Con la proliferación de escuelas de interpretación en nuestro país, hace unos 30-35 años, empezó una nueva forma de afrontar la formación y el trabajo de los actores; se introdujeron numerosos campos de estudio, conceptuales, de exploración, que agrandaron enormemente el horizonte un tanto provinciano –así, en general, todo hay que decirlo – que teníamos de este oficio. Pero, al mismo tiempo y sin desdoro de lo anterior, empezó a cultivarse un, no sé si muy consciente, engolosinamiento, un tanto superficial, de los talentos y potencias de los actores; una cosa endogámica, en cierto modo. Todo esto desde mi punto de vista, que puede no ser acertado, por supuesto. El asunto tiene manifestaciones distintas pero con un mismo punto socio-político-temporal de inicio.

Me explico: en el proceso de formación de un actor y, más tarde, en el proceso de indagación sobre un personaje, cuando ya es actor, se siguen una serie de pasos que van conformando los cimientos que le sustentan y que nunca se verán, explícitamente, en el trabajo final, ni tienen por qué; son como la parte oculta del iceberg. No se trata de la vida misma, sino de otro tipo de vida -conceptual, abstracta, poética. En el proceso creativo, de construcción de un personaje, hay elementos que son útiles a quien lo está construyendo -son sus hilos, sus apoyos, sus andamios- pero no necesariamente pertenecen al personaje.

Sucede también que se establece, con alguna frecuencia, un código secreto entre el actor que prepara su trabajo y sus compañeros de escuela, o de montaje, que asisten al proceso. El actor, entonces, recibe el retorno de la complicidad que busca: sigo tus pasos, compañero, entiendo por qué haces esto… Por otro lado, esto así, se llega al extremo, sólo en algunos casos, claro, de gente con gran talento innato, que quiere mostrar ‘todo cuanto sabe hacer en cada personaje que le toca interpretar’.

Lo que se pone ante el espectador, entonces, no es lo que contiene el personaje, su recorrido vital, sino lo que contiene el actor, el recorrido que tiene el actor, que no es lo mismo, y que acaba por desdibujar una lectura, una verdadera interpretación de dicho personaje. Se dice: mira, puedo hacer esto así, y así, y así, y así… y eso lleva, paradójicamente, al vacío de contenido.

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La grandeza de un actor no reside en su talento innato, ni en sus condiciones vocales y gestuales, todo ello necesario, sí; la grandeza tiene su hábitat en la inteligencia, en la elegancia de pensamiento, en el cultivo de lo esencial y la inmersión en lo inasible. El difícil equilibrio entre humildad y orgullo marca diferencias. Para todo ello hace falta, ¿cómo no? trabajo y una disciplina férrea para no caer en el hechizo de nuestra imagen en el espejo dorado.

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Irene Papas 1

Mi amiga Irene Papas lo comentaba conmigo una noche, hace años, en Valencia, mientras hacíamos planes de futuros proyectos en común que, luego, no llegaron a materializarse: Si un actor habla y se mueve con simplicidad y hondura, cuando da un grito, o levanta su brazo, parte en dos mitades el cosmos; si lo que hace es mover los brazos, o gritar todo el tiempo, sólo dará como resultado un gallinero y perderá toda importancia cuanto haga y diga.

Todo exceso esconde una carencia.  Esto puede aplicarse a otras cosas de la vida; la política, la economía, la religión, las relaciones personales y profesionales, en fin…

Yo trabajo con palabras

Una disciplina como metáfora de lo que subyace al universo percibido

Yo trabajo con palabras. Soy actor desde hace más de 50 años, director desde hace 26 y escribo, al menos públicamente, desde hace poco más de medio año. Mi relación con las palabras ha sido una de esas cosas en la vida que no puedes esquivar en modo alguno, que marcan un proceso de indagación que es muy difícil, si no imposible, abandonar. Con otro trabajo, otra vocación, hubiera sido  más que probable que las palabras hubieran formado parte de una rutina automatizada, necesaria para ir de un lado a otro, organizar esta o aquella cosa, o para decirle a nuestro amor que emprendiéramos juntos una vida, pero, en mi caso, no. Las palabras, pronunciadas, contienen una información de la que no somos verdaderamente conscientes. Nos conformamos con conocer su significado, que es la parte más superficial de su naturaleza.

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La física actual, la que explora los planos infinitesimales de la energía y la materia (los campos de Higgs y otros), nos diría, hablando de lo que hay más allá de la física tradicional, que es como si observáramos sólo las hojas de un árbol, su forma, tamaño y color, pero no viéramos las raíces,  el tronco, las ramas, que conforman una red, oculta a nuestros ojos, y que, en realidad, es lo que hace posible que las hojas estén ahí; que el mundo y la vida existan.

Tal es la importancia, permítanme la analogía, de la sonoridad de las palabras, respecto a su significado. Piensen un momento en esto: es comúnmente aceptado que la música es la expresión artística más universal, aquella que todos podemos llegar a comprender y con la que podemos conmovernos más allá de nuestras distintas lenguas. Es un arte de características abstractas que no tenemos que traducir, que penetra a través de vibraciones en nuestro cerebro y nos provoca una catarata de sensaciones. Bien. La sonoridad, la música contenida en las palabras, tiene esa misma universalidad, provoca evocaciones de nuestra memoria remota, no racionalizada, tiene ese componente abstracto y complejo que trasciende el mero significado que podemos constatar en el diccionario.

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El estudio de esta materia es fundamental para conformar una concepción del mundo más rica, más adecuada, me atrevo a decir, ya que se amplía el horizonte del lenguaje a aquellos aspectos de la psicología profunda de la psique humana. Esta, desde mi punto de vista, debería ser una materia de obligado estudio para nuestros jóvenes,  extrañados de todo cultivo sutil de sus potencias en un sistema educativo y una sociedad mercantilizada que conviene compensar cuanto antes, ya que el mundo es tan vulgar, en lo conceptual y formal, tan pobre en todos los sentidos, como se expresa verbalmente.

Lo que me sorprende es que, en el ámbito profesional en el que he desarrollado mi vida, se de tan poca importancia, en los últimos quince o veinte años, a este asunto. Es, el de España, un caso de raro desprecio a una cuestión tan esencial como esta para un actor. He tenido ocasión de trabajar en otros países de nuestro entorno y asistido como espectador a espectáculos, proyecciones de películas o series de tv y puedo constatar, como pueden hacerlo cualquiera de ustedes, que la oralidad es parte fundamental de la propuesta interpretativa de los actores y  de su proceso de formación, como tales, en las distintas escuelas a las que hayan asistido, por no hablar del sistema de educación, en general. Un actor ha de hablar como quiere y no como puede, es decir: ha de poder expresarse verbalmente como requiere el personaje, su condición social, las características del discurso y del estilo del proyecto en el que esté trabajando. No en Francia, ni en Portugal, ni en Inglaterra, Alemania, Checoslovaquia, por poner algunos ejemplos, existe un prejuicio tan grande contra la correcta formación de los actores respecto a su expresión oral como en nuestro país y esto se traduce en una curiosa moda de hablar mal como decisión de estilo, en general, sea dicho.

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Todo esto reduce, a mi humilde entender, la riqueza, la variedad, de nuestros trabajos, la hondura misma del discurso de las obras artísticas de las que formamos parte. Entiendo que los métodos de indagación para llegar a una u otra propuesta son múltiples y que eso es algo que carece de relevancia pues lo que cuenta es si se llega a un trabajo de valor o no. Lo que no acierto a comprender es el prejuicio contra una parte fundamental de la formación de un actor. Si la gestualidad, el comportamiento gestual, es una parte esencial de nuestro trabajo, no lo es menos la oralidad y, ésta, se aprende mediante un proceso que requiere voluntad, ilusión y conocimiento de la materia por quien la imparte y voluntad, ilusión y disciplina por parte de quien la estudia.

Yo trabajo con palabras. Investigo y estudio su “geografía sonora” por decirlo de una manera que facilite la visualización de lo que aludo. Trabajo con actores, directivos de empresas, profesores y estudiantes universitarios, algún político que se atreve… Comparto lo poco que he ido aprendiendo a lo largo de mis experiencias con actores, directores y autores muy diversos, de distintas épocas y formas de entender todo este universo y, aunque hay tantas escuelas como gentes en el mundo, ninguna puede pasar por alto que la mitad del trabajo de un actor – o de cualquiera que se pone a contar algo ante una audiencia- está en la oralidad, ese campo inexplorado que -como hace la física actual con las partículas y las no partículas- amplía nuestra visión de las palabras y nos hace comprender más profundamente su funcionamiento y significado.

Día Mundial del Teatro

No tengo más remedio que decirlo: los “Días Mundiales de…” me ponen un poco de los nervios. Tampoco mucho, recalco, sólo un poco. Todo el año sin hacerle puñetero caso al asunto y llega un día en que todo se emperifolla y se escriben banalidades, por encargo unas, por concienciada y autocomplaciente decisión otras. Las autoridades hacen ver que les importa el tema y los grandes almacenes hacen caja, cuando el objeto homenajeado da para ello. Hoy le toca al teatro, ¡pobre…!

Desde muy joven -hice mi primera función con Paco Rabal en el Bellas Artes de Madrid a la edad de 9 años- observé que el teatro era una reproducción bastante ajustada de las sociedades en las que se insertaba pero esto, que he comentado numerosas veces con profesionales y público en general, no siempre es comprendido en toda su dimensión. Se suele coincidir en que el teatro habla, a lo largo de la historia, de los problemas que existen en el momento en que un autor escribe su obra. Bueno, siendo esto cierto, en parte, no es más que una aproximación epidérmica al verdadero asunto.

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IMG_4142El teatro, hablando del hombre, alcanza su mayor expresión y trascendencia cuando no se limita a reproducir literalmente este o aquel suceso, sino cuando es capaz de ofrecer una visión cosmogónica de la existencia, aunque lo haga a través de algo, aparentemente, local y cotidiano; lo cierto es que la estructura dramática, las situaciones que plantea, cada una de las palabras, el orden en que están compuestas, conforman un discurso que trasciende la anécdota, sea o no consciente el espectador del funcionamiento de tal industria. Apreciar esto implica haber frecuentado la experiencia del análisis de textos, no ya teatrales, sino del campo de la narrativa, o del ensayo, ante otros alumnos, en el colegio, en voz alta. Las culturas anglosajonas, por ejemplo, tienen esto muy arraigado en su concepto de educación. Nosotros no. Somos torpes a la hora de expresarnos ante los demás y nuestro sentido del ridículo es casi patológico.

Hay, además, un aspecto que a mí me fascina, como tema de reflexión, respecto a ese “espejo de la sociedad” que tanto se cita, como una cantinela repetida, y cuyo contenido no se conoce verdaderamente y es la organización, la estructura propia de esta actividad, lo que se llama, recordando una frase del apuntador de la obra de Lorca, “Comedia sin título” la Economía del Teatro. Este aspecto es tanto o más revelador que el tema o estilo teatral que a cada momento de la historia corresponde. Esto es, simplemente, un post, por lo que no me adentraré mucho en ello, pero les dejo estos rastros para su indagación y lleguen a sus propias conclusiones, o nuevas incertidumbres…

Yo conocí el teatro en tiempos de la Dictadura. Había una, todavía, fuerte censura, política y moral, sobre cada espectáculo que se ponía en pie. Nuestra profesión, con todos sus defectos, estaba conformada por gentes que amaban esta manera de entender la vida, mucho más allá del éxito personal, aunque ese fuera un sueño legítimo que actuaba como energía vital en tantos momentos duros. Los empresarios eran empresarios teatrales. Cierto que había un modelo contra el que luchábamos con toda justicia, de abusos laborales, de bajos sueldos y condiciones laborales tremendas (había que ver lo que eran muchos teatros por toda España, que parecía cuadras mal cuidadas, en ocasiones, y sin seguridad alguna), cierto que había mastuerzos más interesados en las deliciosas pantorrillas de las vedettes y coristas, pero había muchos empresarios que sabían de teatro, se habían criado en él, habían vivido dentro del teatro. Había piratas, ¿cómo no? pero ya se tenía su retrato por todos los postes de la luz del país y se protegía uno como podía de ellos. Pero, hasta ellos, sabían de teatro, leían y amaban el teatro. Los actores debíamos empezar este oficio humildemente y, con las excepciones de regla, obtener el respeto de la profesión debido al conocimiento adquirido en distintos empeños, no al primer acierto; era cosa de contrastar. Para ello era imprescindible una vocación más allá del sueño o capricho de hacerse conocido y rico (cosa que, por cierto, era prácticamente inalcanzable).

Así esto había empresarios de Compañía y empresarios de Paredes (locales teatrales). Entre ambos se pactaban las condiciones que solían variar entre el 25-40% para las paredes y el resto para el empresario de Compañía. La publicidad, a “borderó”, que se decía castizamente hasta en Bilbao, es decir, proporcionalmente al porcentaje acordado y los proyectos se montaban con un mucho de pulso vital y un muy poco de programación a años vista. Lo cierto es que los proyectos, la profesión, la industria, se podían poner en marcha con relativa facilidad. Había que luchar contra el esclavismo (no había día de descanso por entonces) y en ello estábamos -y conquistamos- pero esta profesión estaba entre la vanguardia de comportamiento social y moral.

De puertas afuera

Con el cambio democrático, tan luchado, también por nosotros, los de esto del teatro, se intentó que el país se diera a sí mismo una infraestructura de teatros digna, en condiciones, con dotación adecuada y a los que pudieran acceder, además de los empresarios tradicionales, la base de la industria, es decir, aquellos que no eran empresarios pero tenían proyectos y trayectorias de contrastada solvencia profesional. Ocurrió que, como decía el director de uno de mis colegios, gallego él, se confundió el culo con las témporas. Se convirtieron dichos teatros en Unidades de Producción y se produjo demasiado el “yo te programo a ti y tú a mí” y eso no ha sido bueno, a mi entender, porque se creó un club, un poco artificial, al que no se podía acceder sólo por méritos artísticos, sino que había que mantener una maquinaria de relaciones públicas, de marketing personal que hizo esto más impersonal y mecánico. Por más que se ha llamado la atención sobre esta cuestión nunca se le puso remedio. Creo que se ha sustituido, en buena medida, la pasión por la ambición, en esta cosa nuestra del teatro.

Hace unos días me relataba un muy querido compañero de tablas cómo asistía, en la gira que está realizando por los teatros españoles, actualmente, al abandono absoluto de esos Teatros Públicos: sin calefacción, sin personal, sin reponer bombillas a los focos, sin arreglar las goteras de la cubierta -que llevarán a que se caiga, finalmente- la vuelta a los retretes de la cuerda de cáñamo para vaciar la cisterna, cuando la hay… ¡Qué bonito…! Y a nadie le importa porque, como todo el mundo dice que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, aquí acabó el tema. Aunque se van a rescatar las empresas de las autopistas radiales… Los teatros públicos pueden caer en manos de empresas a las que esto del teatro les viene de nuevas y eso, ¿es razonable? ¿No creen que el conocimiento y la pasión por el teatro no juegan un importante papel en todo esto?

Hoy, en nuestro teatro, se muestran y reproducen muchas de las condiciones que nos han llevado a esto como país. No exigencia de la capacitación necesaria para ejercer las funciones para la cual se ocupa un determinado cometido, ausencia de escrúpulos de algunos, falta de interés por conocer todo aquello que la ignorancia impone; frivolidad, soberbia, abuso y desprecio. Mucho público asiste a las representaciones teatrales, se dice y es, en parte, cierto. El teatro está como nunca, se dice también. ¡El público aplaude a rabiar, así, en general…! Yo, invito a tener un espíritu algo más crítico, nunca viene de más.

No hay peor mentira que una media verdad. La autoalabanza, el halago fácil para contentar a quien, antes o después, nos puede dar trabajo, o el silencio cómplice, han hecho de este país el páramo que ahora pisamos. Respecto a la cultura, se han dicho, por parte de los gobiernos, al menos desde que tengo memoria (partiendo de los de Franco, que la odiaba, hasta nuestros días) tantas mentiras, se ha relegado tanto a quienes han clamado por una mejor educación, que está en la base de cualquier mejora como pueblo, que no creo necesario insistir en algo que pueden y deben indagar por sí mismos, aquellos que sientan interés por el tema, naturalmente.

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La izquierda, que tuvo en su mano regenerar este país; se quedó, aunque algo hizo, en “la sola apariencia de” y cayó finalmente en los mismos  pecados públicos y, en ocasiones, en tics heredados de siglos de autoritarismo. Por su mala gestión  nos ha caído encima esta derecha tremenda -que no tendría más remedio que ser  un poco más civilizada, más a lo Herrero de Miñón, diría yo, si me permiten el apunte, si estuviera frente a un opositor más serio y competente- que se harta de decir medias verdades, así como completas mentiras, que impone la ley del silencio y hace lo imposible para restringir el conocimiento, la salud y el bienestar a quienes no pertenezcan a su clase.

Hoy es el día Mundial del Teatro. ¡Pongámosle la Medalla del Amor y el Lazo Abelín!